Débil recuerdo
Posted by admin - 01/10/09 at 03:10 pmJuan trabajaba en la noche en su escritorio en el pequeño camarote que había llamado hogar durante los últimos siete meses.
“Tantos informes”, murmuró para sí mismo mientras esforzaba los ojos para escribir, mojando su pluma en la tinta una y otra vez.
En 1943, año aislado por la guerra, el capitán del buque solo permitía luces como la pequeña vela que se quemaba por encima del diario de Juan y que formaba un pequeño charco de cera que aumentaba cada vez que el barco se deslizaba sobre el mar a la izquierda o a la derecha.
Como lo había hecho tantas veces, Juan miró la fotografía que estaba pegada sobre la pared, el único recuerdo que le permitieron traer a bordo.
Se sintió lejos, muy lejos del hacinamiento y de la rutina diaria, lejos de las órdenes y del miedo, muy lejos; se sintió de nuevo en esa pequeña granja donde ahora ella dormía sola, esperando a que él regresara a casa.
Pensó en la alegría de su mujer y sintió como sus propios labios esbozaban ahora una sonrisa.
Extendió la mano y pasó su encallecido dedo por alrededor de la imagen.
Él se preguntaba en qué soñaba ella.
El espacio entre su mente y su corazón comenzó a llenarse de recuerdos, la suavidad de su pelo, la forma en que ronroneaba cuando se despertaba por la mañana, la mirada que se convertía en mantequilla cuando se encontraba con la de él, sus pequeñas manos que casi desaparecían en las suyas.
Ya que no se permitía ningún contacto, todo lo que le quedaba era esa fotografía y la esperanza de que algún día cercano pudiera ver en persona aquella sonrisa de la pared, una esperanza a la que se aferraba con su propia vida.
Siete meses eran toda una eternidad.
Por segundo día consecutivo, Brad cruzó el puente y dio la vuelta hacia Navarra.
Se hizo camino entre las enormes pilas de escombros, asombrado por la devastación dejada por el huracán.
Las casas que solían ocupar el litoral yacían esparcidas entre los escombros al otro lado de la carretera hacia la playa, árboles arrancados y postes de teléfono sembrados por doquier, muebles rotos, electrodomésticos, hasta vehículos esparcidos al azar, todos habían sido arrastrados por la gran cantidad de agua que inundó toda la isla sin piedad.
Aparcó, respiró hondo y salió, sin saber qué camino tomar o qué hacer.
Caminó lentamente, asimilando todo, en una especie de aturdimiento extraño.
Todo estaba completamente destruido.
¿Todo?
Vislumbró una chispa más adelante y se dirigió hacia ella arrastrando los pies, le mataba la curiosidad.
Se movía, llevada por una ráfaga de viento.
Dio pasos más rápidos, decidido a llegar hacia ella.
Una segunda ráfaga sopló y vio que la elevaba nuevamente.
“Una fotografía”, dijo al reconocerla de repente y se echó a correr.“Alguien realmente podría quererla”.
Bajó el brazo y recogió la fotografía: era una imagen descolorida en blanco y negro de una joven pareja tomada hace muchos años atrás, en lo que parecía ser una ceremonia, tal vez una boda o una fiesta de gala de algún tipo.
Le dio la vuelta.
Para Juan, el mejor hombre que una chica podría desear.
Con todo mi amor, Sara.
22 de setiembre de 1943.
Brad enjugó la lágrima que había rodado por su mejilla, paralizado, inundado por la emoción de su propia pérdida y la de sus vecinos, uno de los cuales era un anciano que vivía solo al final de la calle.
En un estado de estupor regresó a su auto y condujo hacia el albergue donde la comunidad se refugiaba luego de la gran tormenta.
Se fue a buscar a un anciano… a un hombre de edad que se llamara Juan.

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