Grandeza Oculta
Posted by admin - 01/07/10 at 10:07 amEl anciano caminaba por el pasillo arrastrando los pies.
Arrastraba el pie izquierdo como si llevara un zapato de hierro.
En los brazos llevaba un portapapeles lleno.
Se acercó al podio, dejó sus materiales, hizo una pausa, buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó los anteojos: un par de aros de alambre delgado que se posaron sobre el enorme pico de su nariz.
No tenía ningún apuro.
A su propio ritmo y en forma calmada, buscó entre su material y examinó algunas notas.
Por último, se aclaró la garganta y levantó la vista.
Me di cuenta de que tenía un gran lunar debajo de la barbilla marcado por un par de vellos largos y grises.
Cuando sonreía, revelaba un par de dientes torcidos manchados por beber demasiado café.
“¿Por qué lo alaban tanto?”, me pregunté a mí mismo, sin dejarme llevar en lo absoluto por las buenas críticas de mis compañeros.
El anciano me recordó a un profesor ausente de una era olvidada, un personaje que, salido de una antigua película en blanco y negro, parecía estar fuera de lugar por décadas.
Metódicamente, echó dos veces un vistazo panorámico a la sala y luego se inclinó hacia adelante para contar una historia.
A partir de ese momento, el tiempo se detuvo.
La profunda voz de barítono del hombre me llevó a un viaje humano tan cautivador que cuando sonrió por última vez para decir buenas noches, sentí una gran sensación de tristeza- como si mi mejor amigo estuviera ofreciendo su último adiós.
“No puedo creer que haya acabado”, dije confundido por la incredulidad, casi deprimido.
El anciano se encaminó por el pasillo y salió por la puerta.
Me quedé sentado en la silla y dejé que mi dolor se transformará poco a poco en asombro.
Durante 90 minutos, fui testigo de la grandeza, de un gigante de los relatos que poseía la habilidad de pintar imágenes y emociones como nadie más, un verdadero maestro.
Sentí un fulgor interno al recordar los momentos divertidos en que tuve que agarrarme de los apoyabrazos para no caer al suelo de tanto reír.
Me reí entre dientes, una y otra vez, sin tener intención de abandonar el auditorio.
Miré a mi alrededor y vi a muchos otros aún pegados a sus asientos.
Mientras caminaba por el estacionamiento para llegar a mi auto, pensé en cómo mi primera impresión había encasillado erróneamente a este hombre.
Me reprochaba por haber emitido un juicio apresurado.
Mientras reflexionaba, una idea cruzó por mi mente.
La mayoría de gente fabulosa carece de perfección.
No se ajustan al patrón que la televisión exige.
Por el contrario, poseen un entusiasmo tal, una pasión tan profunda que hace que todos los defectos parezcan insignificantes, que todas las imperfecciones no tengan importancia… que sean hasta imperceptibles.
A nadie le importa.
¿Qué cosa podríamos desarrollar tú y yo con tanto entusiasmo como para hacer que todas las deficiencias sean irrelevantes?
¿Qué hace que nuestro jugo fluya libremente, que nuestra sangre hierva de emoción, que nuestra musa dance y grite, que nuestra contribución sea valiosa para todos?
¿Podemos agarrarlo de pronto, construirlo y mostrarlo al mundo?
Recordé de nuevo al hombre de dientes amarillentos y lunar peludo y comencé a reír.
Así es La Vista del Monte…

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Julio 5th, 2010 at 2:25 pm
Estoy completamente de acuerdo. Los estándares físicos muestran una falsa identidad. Soy estudiante de universidad y al principio de la carrera juzgaba erróneamente la apariencia de algunos profesores. Quedé sorprendido cuando tomé clase con uno de ellos, ese hombre sabía de lo que hablaba y dominaba tan bien el tema que hacía comentarios y chistes comparativos que nos hacian imaginar y reír instantáneamente, sin dejar de lado el tema que se trataba.
Lecciones que jamás se olvidan.
Saludos.Guillermo, estudiante de Físia y matemáticas.