Isla dulzura.

Posted by admin - 01/02/11 at 08:02 pm

El sol cubría con su destello las crestas de las tranquilas olas de la mañana.
6 a.m. en Montego Bay.
Las aguas caribeñas envolvían la playa con una gentileza rítmica.
“Plaf, glushh, plaf, glushh”.

Ataviados de esnórqueles y máscaras, nos dirigimos al agua.
A Laird le gustaba llevar aletas.
Yo, en cambio, prefería nadar sin ellas, como parte de mi permanente esfuerzo por deshacerme de esos michelines que se agolpaban sobre la parte superior de mi traje de baño.

Impresionado por la claridad, ajusté las correas y me sumergí, desapareciendo en un mundo líquido, tranquilo que bloqueaba todo el exceso de ruido proveniente de autos, radios, máquinas, voces tanto felices como tristes.
Debajo de la superficie, no existía nada de eso.
“¿Por qué?”, me pregunté. “¿Por qué no nos retiramos a espacios similares con más frecuencia, a lugares donde podamos reunirnos con nosotros mismos?”

Vi a mi hermano deslizándose a mi lado.
Me sonrió e hizo una señal de aprobación.
No importaba que su rostro distorsionado pareciera una sandía con ojos a través del vidrio que la cubría.
Yo sabía exactamente cómo se sentía — la extrañeza de un momento de paz total, la sensación de estar suspendido, tanto en el agua como en el tiempo, la primitiva dicha mamífera de fundirse con los elementos como lo hicieron nuestros antepasados durante muchos siglos antes que nosotros.

“Vaya”, pensé. “No hacemos esto lo suficiente – ni siquiera cercano a lo suficiente”.
Mi mente errante se fragmentó en una aptitud filosófica.
“¿Cuándo decidimos prestar mayor atención a los “reality shows” que a la naturaleza, a seguir los encuentros deportivos con mayor intensidad que a nuestros sueños, a pagar más dinero a aquellos que mejor nos distraen?”

Una manta raya bebé se agitaba desde el fondo del mar.
Sus aletas moteadas golpeaban la arena, formaban pequeñas nubes de océano que se transformaban en círculos, parecidas a una tormenta gigante en lo alto del cielo, cual microcosmos del mundo exterior.
Al igual que una sombra, la raya parecía besar los lechos de coral en su viaje, ondulando perfectamente para  empalmar los contornos de su trayectoria.

La seguí, llevado por un sentido de pertenencia, el orden natural que evolucionó a lo largo de los siglos, modificándose, adaptándose, ajustándose, cambiando de forma una y otra vez para manifestar pequeñas criaturas tan adaptadas a su entorno, como si hubieran vivido así por siempre — tan fieles a su esencia.
“¿Acaso hemos perdido eso?”
No pude evitar reflexionar.

Laird y yo nos dirigimos a la orilla, sin prisa.
Cuando emergimos, el brillo parecía fuera de lugar e impactante.
Supongo que, por un corto tiempo, fue maravilloso dejar todo atrás.

Un lugareño pasaba y asintió con la cabeza.
“Respeto, amigo”, dijo el hombre.

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