La nieve que se derrit

Posted by admin - 27/01/12 at 11:01 am

Me encanta el sonido de la nieve que se derrite: plin, plin, tin, tin, tin;
un goteo staccato sobre los techos de metal inclinados; la ocasional ruidosa
rotura de un témpano gigante; la burbuja y el borbotón del arroyo de la
montaña  a medida que se hincha y cae valle abajo sobre las rocas pulidas.
Me encanta contemplar con consciente admiración los blancos y majestuosos picos que pronto se transformarán en verdes, naranjas, morados, rojos y en una gran variedad de matices en constante cambio; una danza entre el sol, las nubes y la niebla; un vals de color y belleza que si bien nunca cambia de pareja, nunca se replica y cada día es un original magistral.
Me encanta la consistencia del cambio; el recordatorio de que, en todos los
aspectos, el invierno nunca dejará de convertirse en primavera: la primavera de la salud, la primavera del crecimiento, la primavera de una relación que  por momentos parece tan fría y desesperanzadora como la helada tundra.

Luego, nos adentramos en el verano: el calor, el fuego, la pasión y la
quemazón; una llamarada cada vez mayor de sudorosas emociones que se elevan, se intensifican in crescendo y nos llevan al otoño: la caída de todo lo que creció, hojas que se deslizan y nos cobijan, y nos preparan para esa época anual de reflexión, cuando el frío hace que nos escabullamos dentro.

El invierno descubre la primavera.
La primavera da paso al verano.
El invierno se desvanece en el otoño.
El otoño se aferra desesperadamente a sus líneas de vida, como un borracho
que chupa su último sorbo o como el niño que al llegar al último bocado de
helado le agrega agua al recipiente para llenarlo nuevamente, ajeno a la
pérdida de sabor, con ganas de más cuando ya no puede tener ni una pizca,
salvo en el mundo de la ficción.
A pesar de ello, el invierno comienza, a veces suave, a menudo con una furia
desatada que nos bloquea sin piedad, paralizándonos.
Nos ponemos a buen recaudo de sus elementos.

Quietas, las semillas permanecen dormidas, enterradas en la espera,
pacientes y sin dejarse intimidar.
En la victoria, encontramos la causa de la derrota, la inmensa celebración
del verano que nos hace perezosos y letárgicos, soñolientos al volante.
En la derrota, saboreamos el trago amargo que nos sacude despertándonos,
luchamos por levantarnos, encontramos la fuerza para recordar que la única  diferencia entre un surco y una tumba es su profundidad.
En la derrota, definimos el carácter, un constante caminar sobre la cuerda
floja hacia el temperamento y endurecimiento para lograr fuerza, mientras de alguna manera, de alguna forma, nos aferramos a los fugaces vestigios de la suavidad, la bondad y la compasión, compañeros esquivos que con mucha  frecuencia resultan anulados en la lucha.
En la derrota, descubrimos nuestro verdadero yo.

Los sabios se lamen las heridas, dejan los cortes expuestos, observan,
recobran fuerza, aprenden, sanan y vuelven a empezar.
Los tontos, en cambio, andan a tientas y ciegas en busca de la curita más
cercana.
El invierno no importa.

Espera.
¿Es ése un solitario copo de nieve que flota en el aire?
¿Podría el invierno concedernos la gracia de unos cuantos momentos más de  introspección y preparación, un último suspiro de tranquilidad antes de
cosechar todo lo que se sembró, antes de que los brotes se revelen a sí
mismos y a nosotros en el recuento que no perdona de este año?
Eso creo.
Aún tenemos tiempo.
Dejemos que caiga la nieve.

One Response to “La nieve que se derrit”

  1. Alejandro Cortes says:
    Enero 31st, 2012 at 8:00 pm

    Excelente articulo muchas felicidades lo he escuchado en un cd que me prestaron.

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