No lo que dice la etiqueta.

Posted by admin - 22/06/12 at 01:06 pm

Sam y Susie se encontraron con Bill y Louise en su restaurante favorito, un ritual de cada domingo por la noche, que a lo largo de 10 años, había forjado una profunda amistad.

Sam, el eterno optimista, contrastaba ampliamente con Bill, un acérrimo pesimista.

Susie, una persona arriesgada, parecía casi todo lo opuesto a Louise, una cautelosa recalcitrante.

Sus diálogos de sobremesa nunca carecían de chispa.

“Nos han estado mintiendo” proclamó Susie agitando sus manos. “Nos han estado mintiendo todo el tiempo. No me sorprende que no podamos perder peso.”

“¿De qué estás hablando?” preguntó Louise con su acostumbrada sonrisita de suficiencia.

“Las etiquetas. Todas las etiquetas que tu y yo escrudiñamos antes de comprar cualquier cosa.” Se inclinó hacia adelante para enfatizar. “Nos mienten.”

“Eso es ridículo, Suze” replicó Louise. “Esas etiquetas están fuertemente reguladas por Sanidad y todo tipo de otras agencias gubernamentales. No seas estúpida.”

“Eso es lo que yo pensaba también” Susie exclamó. “Pero ese no es el problema.”

“¿Oh?” Louise arqueó una ceja.

“Lo que dice la etiqueta solo se aplica cuando el producto está en su envoltorio. Lo que sucede después de comértelo es una historia completamente diferente.”

Susie dejó que absorbiera la idea.

“¿Sabes esas magdalenas libres-de-grasas que tanto te encantan?” Susie continuó.

Louise asintió.

“Están cargadas de azúcar” Susie aseveró.

“Sí, pero sin grasas.” Louise puso su sonrisa de satisfacción.

“Esa es la gran mentira, Louise. El único momento en el que no tienen grasa es cuando están en su envoltorio de plástico.”

Susie hizo una pausa.

“En el momento que te tragas una, el azúcar pasa al estómago. Tu cuerpo no puede hacer nada, excepto almacenarla. ¿Adivina que tipo de almacenamiento tenemos?”

Susie esperó.

Louise jugueteó nerviosamente con sus manos.

“¿Grasa?” preguntó finalmente.

“Acertaste.”

Susie sonrió abiertamente.

“Eso es repugnante” gruñó Louise.

“Sí. Nos han embaucado” Susie dio unas palmaditas a su estomago. “No me sorprende que no pueda librarme de este amigo de aquí abajo, a pesar de que cuento cada bendita caloría. No importa lo que diga la etiqueta. Solo importa lo que sucede después de masticar.”

“Eso es asqueroso” Louise medio-murmuró. “Realmente me cabrea.”

“A mí también” estuvo de acuerdo Susie.

“¿Entonces qué hacemos, Suze?”

“¿Qué crees?”

“¿Librarnos del azúcar?” Louise frunció el ceño.

“De todas las procesadas” Susie asintió.

“¿Estás ocultándome alguna otra pequeña mentira, amiga mía?” cuestionó Louise.

“Lo mismo aplica a las bebidas gaseosas y a la harina blanca: nada de nutrición, almacenamiento extra de grasa.”

Susie se sentó hacia atrás y cruzo los brazos.

Los hombres interrumpieron su conversación y metieron baza:

“¿De qué le estáis dando a la sinhueso, chicas?” espetó Sam.

“Susie acaba de contarme la Enorme Mentira de la Grasa” dijo Louise con una expresión petulante.

“Si. También me puso enfermo cuando lo supe” se identificó Sam con ella. “No me oíste pedir una Coca-Cola sin-grasas esta noche, ¿verdad?”

“Me preguntaba por qué” dijo Bill. “Es tan raro en ti.”

“Nunca más, viejo amigo replicó Sam. “Nunca más.”

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