Quémame…

Posted by admin - 15/10/08 at 03:10 pm

Tal como era habitual, la porción de comida era enorme.

Solía preguntarme si la preparaban de esa manera para contrarrestar la opresiva humedad que constantemente elevaba la temperatura de la costa más allá de los niveles tolerables.

Tailandia, tierra de brisas suaves y miles de sonrisas, hogar de algunas de las personas más amables y amantes de la diversión sobre la Tierra.

Sonreí y bromeé con mis amigos, haciendo gestos exagerados para elogiar su inglés entrecortado y mi mísero dominio del tailandés.

No había más extranjeros en aquel provincial restaurante al aire libre.

Me sentí privilegiado.

Cuando el calor que crecía en mi boca comenzó a rebasar los límites, busqué el plato dulce que se acostumbraba colocar en la mesa para reducir la intensidad del ardor.

Tomé la taza de pepinos con pimientos rojos marinados en aguamiel, sumergí la cuchara hasta el fondo, me llevé a la boca una porción enorme disfrutando por anticipado de la ráfaga fría y dulzona prevista para aplacar el incendio que sentía en la lengua y, en un instante volcánico, sufrí la mayor y más singular lección práctica de mi jornada culinaria:

El color no necesariamente dicta el origen de un vegetal.

En el instante que tardé en darme cuenta de que los chiles en trocitos lucían igual que los pimientos, sentí una quemazón tan feroz que la garganta se me cerró en seco, mi rostro rompió en sudor y comencé a quedarme sin aire, a jadear ahogadamente, rezando por que pronto pudiera respirar, asiéndome de la mesa y mirando a mis amigos con la boca abierta, los ojos brotados de sus órbitas, aferrándome a cualquier tipo de alivio, incluso temiendo no poder respirar nunca más.

Cuanto más rojo me ponía, más fuerte se reían, hasta caerse de la silla en desenfrenados ataques de histeria, me daban golpecitos en la espalda y señalaban los chiles mientras sacudían la cabeza intentando imitar la cara de ese estadounidense loco y revivían la parodia en medio de grandes carcajadas.

Allí estaba yo sentado, con el lanzallamas a su máxima potencia chamuscándome las tripas y soportándolo.

Quizás piensen que ese horror podría poner cierto freno a mi gusto por la comida picante.

¡No! Al menos no más que por unos pocos días.

La magnífica capacidad humana de recuperación no dudó en desdibujar el filo de la intensidad en mi memoria.

Salí a la búsqueda del siguiente pimiento sabroso.

No es larga la distancia que separa el límite de Luisiana de nuestro hogar en la Florida.

A menudo, me entra el ansía de disfrutar de una salsa picante, el deseo de zambullirme en un etoufée bien sazonado y estrellarme de frente contra la cólera del Tabasco fresco.

Las distracciones desaparecen en el segundo en que mi lengua se enciende, un pasaje electrónico virtual que me lleva a vivir la vida en el momento, donde las vicisitudes diarias pierden todo su significado y lo único que me importa entonces es calmar la combustión.

¡Sírvanme otro tenedorzazo!

¡Llegó la hora de sufrir!

¡Hurra!

A algunos de nosotros no nos interesa llevar una vida moderada.

Queremos jengibre, canela y rábano picante, mostaza, pepinillos ácidos y barbacoa chispeante, enchiladas, quingombó de camarones y, de vez en cuando, un chile habanero .

Embadurnamos el arroz blanco con wasabe .

Ahogamos un panecillo fresco en salsa de pimienta de cayena.

Dejamos la vainilla para los moderados.

Como dijo el gran cantante Bob Dylan:

“It ain’t me babe” (Ése no soy yo, cariño).

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Citas Del éxito

–Hay muchas cosas que usted no tiene que saber cómo funcionan. Mientras alguna gente está estudiando las raíces, otros están recogiendo la fruta. Todo depende del lado que usted prefiere estar.
-Jim Rohn

Puntos Claves

Para vivir una vida grande, tenemos que estar dispuestos a tomar riesgos, a hacer hoy lo que otros no hacen para tener mañana lo que la mayoría nunca tendrá. De vez en cuando, me hacen la pregunta:

–Richeli, tu estás un poco loco, ¿verdad?

Yo no lo veo así. Me voy a bucear con tiburones, a hacer un salto Bungee o a enchilarme como una fogata no por locura sino por el deseo de saborear plenamente esta vida tan maravillosa que nos han brindado y no perderme nada. La decisión de vivir en grande la hacemos todos los días—salir en vez de prender la televisión, probar algo nuevo en vez de lo acostumbrado, conocer una nueva amistad en vez de la misma pandilla de siempre.

En este viaje único, cada minuto pasado es minuto perdido, a no ser que forme parte de una bonita memoria, un forjamiento de carácter o un paso en cumplir una meta. Por favor, hagamos el compromiso de no sonambulear. Al final del día, una cosa es segura:
Para cumplir nuestros sueños, ¡primero nos tenemos que despertar!

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