Solo Presente.

Posted by admin - 01/06/11 at 05:06 pm

Hay días en que me despierto completamente exhausto.
Carezco del entusiasmo habitual que caracteriza la mayoría de mis mañanas, sin ninguna causa o razón aparente.
Si por mí fuera, nada me gustaría más que volver a la cama y acurrucarme con mi almohada favorita.

En cambio, arrastro mi viejo cuerpo hacia la cocina en busca de un poco de comida reconfortante para ver si eso me hace cambiar de ánimo.
Nada mejor que un plato de huevos cargado de colesterol, reforzado por dos buenas tostadas embadurnadas en mantequilla para aliviar el espíritu y contribuir a mi malestar general.
Ahora, con la barriga llena y regordeta, puedo incorporar la pereza a mi estado general.
¡Sin duda, una combinación ganadora!

Lamentablemente, al igual que la mayoría de personas, no puedo darme el lujo de tomar un descanso cuando me plazca.
El deber llama, como dicen por allí, y éste puede adoptar la forma de trabajo, hijos, fechas límites o de cualquier otra cosa.
Debo hallar la manera de desterrar la gloriosa imagen de un perezoso que se aferra con nostalgia a un tronco en los recovecos de mi imaginación y comenzar a moverme.
¡Qué desagradable!

Con los años, he descubierto una fórmula mágica.
El truco número uno para hacer que nuestro cerebro pase de neutral a en marcha es, en realidad, muy simple:
Sólo preséntate.

Descubre la manera de arrastrar tu cuerpo hasta la estación y encárgate de él.
Una vez allí, da un reacio y pequeño paso a la vez y embárcate.
A falta de inspiración, nada combate la inercia con mayor rapidez que el movimiento.

Al igual que el sol derrite el rocío de la madrugada, el movimiento suele eliminar la niebla que cubre el cerebro.
Los engranajes mentales comienzan a engancharse, las tomas de corriente creativas se abren a regañadientes, comenzamos a poner en marcha más de un cilindro.
A medida que la niebla se convierte en vapor y se desvanece, la claridad toma el control.
“Oye, hoy tengo un propósito. Es hora de avanzar en esa dirección.”

No todos los días pueden ser de campeonato.
Casi siempre, la mayoría de nosotros nos consolamos con tan solo estar en el campo de juego.
Evita recriminarte.
Las personas de alto rendimiento tienden a ignorar su humanidad, mientras que las de bajo rendimiento rompen el látigo sobre sus espaldas.

Date un respiro.
Permítete ser humano.
Si tu mañana tiene el sabor de un Krispy Kreme, tómate otra taza de café para contrarrestar el azúcar.
Cuando salgas de la rampa de entrada, pon tu canción favorita y súbele el volumen.
Canta a coro.
Te apuesto a que podrás arrancar una pizca de sonrisa de ese ceño fruncido.
Cuando te pones en marcha, el mundo se mueve contigo.

Es curioso cómo algunos de mis mejores días se inician con una espesa niebla.
El pasar de “no puedo levantarme de la cama” a “ok, bien, un día más de pelea” a “vaya, creo que me está gustando lo que está fluyendo” no siempre sucede con facilidad o sin dolor.
Hay días en que esto no sucede en lo absoluto.

Sé que me doy la mejor oportunidad posible cuando cumplo con ese requisito fundamental:
Me presento.

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